1. Como Antropólogo, ¿por qué cree es importante saber sobre el valor terapéutico del arte?
R. Desde mi perspectiva, el arte, como manifestación humana, nos permite no solo describir el mundo en el que vivimos, sino que también nos permite expresarlo desde la subjetividad que nos da la posibilidad de entregarnos a la creatividad. Todo ser humano es creativo por naturaleza, ya que somos seres de cultura, que requerimos de ésta para adaptarnos al mundo y a su complejidad. la cultura nos provee de un marco interpretativo del mundo, la que estará expresada no solo desde un plano individual sino que también se convierte en parte de una expresión colectiva. Es, entonces, la expresión artística una suma de subjetividades personales como elementos colectivos que confluyen en crear la experiencia que entenderemos como arte.
Ahora bien, desde la perspectiva del arte y su valor terapéutico, me parece que sí cumple esta función, dado que posibilita la expresión de la subjetividad desde la premisa de que el arte es eso, la comunicación de dicha subjetividad, la que se interpretará mediante cánones establecidos, puesto que ya existe un lenguaje que considera lo que es (o no) artístico.
Más allá de este último aspecto, dicha posibilidad de expresar la subjetividad es lo que materializa la posibilidad de considerar al arte desde su valor terapéutico, pues desde la expresión misma permite la plasticidad suficiente para romper los límites y la estructuras que nos constriñe en la vida social. Extrapolando esto a un proceso terapéutico, del que obviamente no soy experto, me parece que la expresión artística es un primer paso en torno a la expresión de aquellos aspectos ocultos en la mente y que a través de lenguajes más rígidos no podemos expresar, como puede ser a través del lenguaje.
2. Desde su experiencia como fotógrafo profesional, ¿considera la fotografía como un arte con valor terapéutico?
En la misma línea de lo anterior, dado que nuestra experiencia sensorial nos permite expresarnos de distintas formas, la idea a la que apela la pregunta, sobre el uso terapéutico de la fotografía me parece que es evidente; en mi experiencia desde la antropología y la fotografía, puede sostener que dicha relación opera desde dos niveles: uno, es la experiencia de quien está detrás de cámara, de quien tiene el control de capturar, lo que es en sí mismo un ejercicio de poder, dado que puede elegir que capturar, y sobre todo en términos de la fotografía misma, de qué manera se capturará. La tecnología actual ha permitido que la antigua experiencia fotográfica -sustentada en la espera del revelado químico- se democratiza en cuanto a su disponibilidad. De esta forma, la existencia de un nuevo tipo de soporte, que transforma la emulsión en bits. permitirá que se masifique el acceso a cámaras fotográficas cuyos cerebros electrónicos favorecen -o simple y llanamente eliminan- la curva de aprendizaje.
un segundo aspecto sería quien se encuentra frente al lente, quien posa para el fotógrafo, quien ve su alma retratada en bits.
En el primer caso, lo terapéutico operaría a mi juicio desde la posibilidad de crear o recrear una visión con marcos acotados. Estas fronteras autoimpuestas son en la práctica mi propia concepción de mundo vista a través del ocular, que enmarca la realidad a través de una decisión personal. El “encuadre” cambia dependiendo de mi posición en relación a lo que busco fotografiar, así como el diafragma me otorga una mayor o menor profundidad de campo, destacando el objeto de la fotografía o fundiéndose en un todo. Lo es también desde la posibilidad de almacenar un momento, un recuerdo que en la retina se torna fugaz y que la memoria resguarda con matices muchas veces distintos a lo que vemos. La fotografía congela el espacio tiempo, y nos permite aferrarnos a una certeza. Cuando el mundo gira y todo se vuelve informe… la foto nos recuerda lo que fue. Es la fugacidad congelada.
En el segundo caso me parece que ante ciertas dificultades de relacionarnos con el mundo, el posar frente al lente -entregando nuestra posibilidad de crear el espacio/entorno en donde nos encontramos, pues lo delegamos en el fotógrafo- es relevante considerar que vencemos los miedos. En mi experiencia como fotógrafo un caso común es lo que ocurre durante las primeras fotos de una sesión: el nerviosismo de los participantes, el bloqueo de quienes no han tenido una experiencia similar. Pero vencido el primer obstáculo, de estar adelante y “ver” la foto recién sacada es cuando el temor de estar en el plano solo controlado por el ojo ajeno cede, y la experiencia se torna gratificante.
3. ¿Qué nos recomienda para aquellos que deseamos introducirnos en el campo de la fotografía con fines de aplicación terapéutica?
Desde mi visión de lego en el mundo de la terapia, quizás puedo contribuir a la idea de que la fotografía permite no solo a quien busca la terapia, sino que también al terapeuta, a comprender el mundo del otro. La alteridad, valor supremo a alcanzar en nuestra sociedad, nos impulsa a buscar conocer la visión del otro, pero desde sus propias vivencias, desde su construcción de mundo. Con la fotografía podemos conocer como un otro ve el mundo, como es capaz de retratar a las personas, desde que distancia lo hace, como compone la imagen que busca reflejar. El punto de vista es quizás tan personal, tan individual, que me parece que puede ser una gran contribución para todo proceso terapéutico, pero que precisa de que sea el propio terapeuta que pueda imbuirse de la experiencia, que pueda contrastar críticamente un ejercicio de fotografía sobre una realidad, que en la práctica es la forma en que estamos concibiendo el mundo… a través de imágenes, que en la práctica son miles de puntos de vista construidos detrás de un cristal. La cámara no hace la foto… es quien activa el obturador.
Las fotografías de Claudio en Flickr

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